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Arlequinas, Diosas y Titánides. Las mujeres en tres obras de Ángel Hernández. Harlequins, Goddesses and Titans. Women in Three Works by Ángel Hernández. |
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| DOI: 10.32870/arbolq.v1.n2.1.25b | ||||||||||||
Este obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional CC BY-NC 4.0 (Atribución-NoComercial) |
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Leopoldo Tillería Aqueveque |
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Recepción: 25/03/2025 |
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Cita parentética: Lista de referencias: |
Resumen. Palabras clave: Apolo. Dioniso. Figuracionismo-abstracto. Obra de arte. Silueta. Voluntad de arte. Abstract. Keywords: Apollo. Dionysus. Abstract Figurative Art. Work of Art. Silhouette. Will to Art. |
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Agradecimientos:
Introducción. Dichas dificultades pueden resumirse en un único aserto, para este caso, entregado por Heidegger en El origen de la obra de arte. Sostiene el filósofo de Friburgo: “Qué sea el arte nos los dice la obra. Qué sea la obra, sólo nos lo puede decir la esencia del arte” (Heidegger, 1996, p. 1). De modo que puede deducirse que el problema para emprender un filosofar sobre el arte viene dado justamente por la esencia de eso que llamamos arte. Heidegger (1983) dirá más tarde en su opúsculo La pregunta por la técnica que esta esencia puede hallarse sólo en el corazón de la poiesis arcaica, muy cerca del arte arcaico, y –nosotros agregaríamos- apegado al mito. Por eso, la pintura del artista visual venezolano contemporáneo Ángel Hernández[1] resulta un terreno fértil donde hacer la pregunta, no por tal esencia del arte, sino por las condiciones de su poiesis, es decir, por los fundamentos estéticos de su manifestación pictórica. Y esto, en una afirmación que podría perfectamente convertirse en una especie de axioma de este artículo, lejos, eso sí, de cualquier posibilidad de rozar el campo de la crítica de arte, por más a la mano que esta cláusula se muestre. Hay en liza un segundo objetivo en este escrito, y es el referido a reconocer el “estado del arte” de cierta pintura latinoamericana, entendiendo, en todo caso, que el compromiso del artículo tiene lindes obligados desde el punto de vista del tamaño de la muestra y una tarea sensible en la aplicación de un estudio filosófico combinado con un método híbrido. La obra de Hernández, siendo figurativa en su inmensidad, coquetea con el estilo abstracto en varias de sus composiciones. Eso desde una perspectiva, si se quiere, formal o estilística. Sin embargo, el fondo del asunto es otro, encarnado en la poiesis del arte del venezolano. ¿Responden las obras de Hernández a alguna visión de mundo o del arte que domeñen aquellas mujeres de aspecto triste que aparentan ser protagonistas solitarias de sus collages, acrílicos o acuarelas, o de sus técnicas mixtas? Así entonces, la hipótesis de este trabajo está pensada como sigue: “El fundamento estético de la obra del artista visual contemporáneo Ángel Hernández corresponde a la tensión dionisiaca-apolínea de talante nietzscheano, expresada en su estilo figurativo-abstracto”. Enfoque teórico y metodológico Las dos obras principales de Nietzsche que utilizaremos serán La voluntad de poder (2000) y El nacimiento de la tragedia (2019). Asimismo, recurriremos a la obra de Pierre Louÿs, Afrodita (1997). Algunas ideas claves de Nietzsche, expuestas parafrásticamente, serían las siguientes: 1°. Las apariencias apolíneas, en las cuales Dioniso se objetiva, no son ya un mar eterno, un cambiante mecerse, como lo es la música del coro, no son ya aquellas fuerzas sólo sentidas, pero no condensadas en imagen: ahora son la claridad y la solidez de la forma épica las que le hablan desde el escenario (Nietzsche, 2019). 2°. La verdad de Dionisos usa el velo del mito como símbolo de sus conocimientos, y esto lo expresa tanto en el culto público de la tragedia, como en los ritos secretos de las festividades dramáticas (Nietzsche, 2019). 3°. No se trata de si hay o no sujeto u objeto, sino de una cierta especie animal que no prospera sino es bajo el imperio de una cierta regularidad de sus percepciones (Nietzsche, 2000). 4°. Esta síntesis caracteriza el ápex del mundo griego: originariamente sólo Apolo es dios del arte en Grecia, y su poder fue el que de tal manera moderó a Dioniso que irrumpía desde Asia, que pudo surgir la más bella alianza divina. Se constataba así el increíble idealismo del ser helénico (Nietzsche, 2019). Por otra parte, se ha escogido el método de caso único (Stake, 2007), correspondiendo éste al artista visual venezolano Ángel Hernández[2]. La muestra seleccionada consistió en tres de sus obras, elegidas mediante un muestreo teórico: Another Story To Be Told (2022), The Eternal Return (2023) y You Took My Love Away (2024). De acuerdo con Flyvbjerg (2006), el caso escogido satisface el criterio de caso paradigmático, es decir, un caso que teóricamente permite desarrollar una metáfora referente al ámbito de interés del estudio. En cuanto al enfoque, se aplicó una breve hermenéutica filosófica, coincidiendo con la propuesta por Heidegger en varios de sus textos. Para nuestros efectos, tomamos los presupuestos hermenéuticos del alemán planteados en Ser y tiempo (2002). Según Heidegger, el ente que somos cada uno de nosotros ha obtenido en las páginas previas de esta obra una elucidación completa de su todo estructural (o cuidado), cuestión que lo deja (o nos deja) en condiciones óptimas para ejecutar propiamente la hermenéutica como método de comprensión e interpretación de cada una de las formas de relacionarse del mismo Dasein con el resto de los entes (en su clásica forma de estar-en-el-mundo).[3] Arlequina La primera obra que observaremos es Another Story To Be Told (ver Figura 1), es decir, “Otra historia para ser contada”, hecha con técnica de crayón y collage sobre papel. Sus medidas, al igual que las de las otras dos obras, son de 29,7 x 21 cm. Descriptivamente, vemos en la pieza de Hernández la figura “incompleta” de una mujer con la mirada taciturna y vestida con una especie de vestido con una forma aglobada y un diseño similar al que usan los arlequines, donde prevalecen los rombos y el color blanco. En este caso, los rombos –de distinto tamaño, pero todos visibles al espectador- están pintados en tonos negros, rojos, blancos y celestes. El vestido, que se insinúa más que se pinta, parece traído de la Belle Époque francesa y muestra una singularidad que juega con el simbolismo o el surrealismo: en una diagonal, que cruza el cuerpo de la mujer desde la cadera derecha hasta su hombro izquierdo, el artista ha pintado una suerte de escalada (en miniatura) de bloques de departamentos en tonos negros y blancos, dando la impresión de que los propios rombos se van transformando en estos bloques posibles de ser habitados por personas diminutas inexistentes en el cuadro. Figura 1: Another Story to be Told Como se dijo, lo más probable es que esta franja de bloques sea un guiño a la condición de arquitecto de Ángel Hernández, quien, como se deduce, quiso sintetizar en la misma obra las ideas de mujer, moda y arquitectura. ¿Cómo se conecta esta descripción de Another Story To Be Told con una argumentación que pueda ratificar total o parcialmente nuestra hipótesis? Por una parte, mediante los siguientes aspectos que reflejan lo dionisiaco nietzscheano en la obra del venezolano: 1°. La fisonomía de embriaguez de la protagonista, sumada a una psicología de la enajenación y al uso distorsionado del espacio de la obra, le dan a la pintura la connotación de un convite a lo arlequinesco, a una performance contenida que apenas ha alcanzado a expresarse en el vestido a rombos de la mujer. 2°. Guardando las respectivas distancias, pero al mismo tiempo poniendo en juego una metáfora imprescindible, los espectadores de Another Story To Be Told nos disponemos en algo parecido a una danza de la contemplación, en torno precisamente a una obra que nos transmite (sin una pizca de lenguaje formalizado) la magia dionisiaca. Tal como Nietzsche (2019) lo reivindica:
Por otra parte, la obra de Hernández muestra una faceta apolínea insoslayable: 1°. Lo que transfiere la obra del artista, como sentido metafísico último, es una suerte de simulacro: una mujer que simula estar en una dimensión melancólico-contemplativa, vestida con un atuendo que simula una especie de vuelta a la moda del periodo victoriano (de hecho, la mujer del cuadro podría ser perfectamente una réplica moderna de una de las mujeres pintadas por el artista victoriano John William Godward), y que, por último, en un giro inesperado de la moda, simula también vestir un disfraz de arlequín que se confunde, en su esencia blanquecina, con la tonalidad del fondo del cuadro. Este panorama hace todo el sentido del mundo con la probabilidad de que Apolo haya sido comprendido por el Nietzsche de Sils-Maria como el dios precisamente del simulacro frente a la dirección desmembradora de Dioniso:
2°. Si Apolo, por otro lado, es aceptado como el dios de la cordura y del conocimiento, o el de la síntesis entre la medida y la creación artística, es bastante obvio que la tensión dionisiaca del cuadro de Hernández sea morigerada por estas mismas fuerzas apolíneas dispuestas por los crayones del pintor. 3°. ¿Fuerzas apolíneas? Recurriremos una vez más al propio Nietzsche (2019) para incorporar una metáfora estético-metafísica que pueda avenirse con la presenciación de Another Story To Be Told:
Lo que queremos decir con esta metáfora es que la “dama arlequina” puede convertirse, así sin más, en esta virgen que a su vez se ha transformado en una servidora intemporal de Apolo, y que, para remate, ha elegido vivir “fuera de todas las esferas sociales” (donde bullen las masas de cantores dionisiacos). En esta especie de diáspora individual, la mujer arlequina, sin embargo, sería parte insustituible de la lírica coral de los helenos. Las líneas rojas, negras y azules (marcadas con distinto grado de densidad y grosor por los crayones de Hernández) funcionan a la perfección como límites del onírico mundo apolíneo de la escena, en definitiva, de las apariencias apolíneas, de la claridad y la solidez de la forma épica plasmada sobre el lienzo. Por último, debemos pronunciarnos estilísticamente sobre esta superposición entre lo figurativo y lo abstracto en la primera obra del venezolano. 1°. Afirmemos, sin la menor duda, que la pintura observada es una obra figurativa, si lo figurativo, como se ha dicho, se refiere a esculturas y pinturas clara o específicamente derivadas de objetos reales, lo que las hace representativas y donde el término arte figurativo a menudo se utiliza en contraste con el arte abstracto (Katz, s.f.). Como la definición vista no se refiere al grado o nivel o exactitud de la representación (respecto del objeto de la realidad), la “dama arlequina” es, pues, una obra figurativa. Pero ¿posee componentes abstractos? ¿Y si los tiene, cómo lo hace siendo una obra figurativa? Dentro de innumerables definiciones de lo que es arte abstracto, escogeremos una que sobresale por su sencillez y, paradójicamente, por su relación con el arte figurativo. Citamos in extenso:
En suma, el arte abstracto nos ofrece nada menos que una nueva realidad, improvisada unas veces (arte abstracto expresivo) y geometrizada otras (arte abstracto geométrico). En ambos casos, no hay, en principio, figuras u objetos de la realidad reconocibles en la representación. 2°. Sin embargo, a la luz de lo que expresa Another Story To Be Told, postulamos que la obra combina ambos estilos, presentándose, por ende, como una composición figurativa-abstracta tal como lo sugiere nuestra hipótesis inicial. Según esto, habría algo así como una distribución de los espacios de la obra para cada uno de los dos estilos, o bien una suerte de superposición. En lo concreto, coincidimos acá con la apreciación de Contreras (2023), quien manifiesta que efectivamente hay casos donde la abstracción se funde con la figuración, y nos damos cuenta de que las capas inferiores de una obra de arte (despojadas de toda concreción cognitiva) requieren ser detalladas con el mismo nivel de mimo y exhaustiva reflexión que los elementos figurativos superficiales que las contienen. Es lo que ocurre con la obra de Hernández, sólo que este nivel de detalle y mimo no es parte del imaginario estético del venezolano. Al contrario, justamente hay una esfera de la obra en que, por decirlo así, lo abstracto se adueña del territorio poiético y produce lo que Contreras (2023) llama alteración o subjetivación, al transmitir el artista su propia visión, enfatizando y distorsionando características específicas como el contraste, la temperatura del color o las diferentes posibilidades compositivas (en nuestra obra, el rostro de la mujer, los detalles de su cuello, las manos de la arlequina, el volumen de la figura, algunos tramos de las líneas de sus mangas, la exposición casi monocolor de la obra, los rombos, etc.). Diosa The Eternal Return es la representación de una gran silueta de una mujer que alberga entre sus brazos (en una dimensión mucho menor) la silueta de una segunda mujer, que contiene, a su vez, una suerte de casa o iglesia a la que van ingresando –distanciadamente- personas o, mejor dicho, figuras superficiales de personas en tonos rojo, azul y amarillo, pintadas con la distintiva materialidad de la acuarela. Ambos íconos principales están dibujados bajo el mismo concepto: un insípido contorno con crayones rojos y azules, que les dan una apariencia completamente blanca, como si fueran, desde otra perspectiva, dos divinidades que han dejado de ser veneradas y a quienes sus adoradores no se deciden aún por ir a reconocerlas como tales. Ese mismo vacío ontológico parece haberlas decidido a exponerse sólo con la materia de sus ensombrecidos rostros (en amarillo y celeste) y el resto de sus cuerpos nuevamente confundidos con el fondo blanco alabastro. Coincidentemente, la misma idea, aunque con variaciones en el estilo, la representan, entre otras, las siluetas de mujeres incompletas de Anya Rubin, las de cuerpos nebulosos de Leonor Fini, las de rostros apenas bocetados de Joan Barceló, en fin, aquellas que sólo dan la espalda al observador como las pintadas por Anne Brenner. Mientras tanto, en la “línea del horizonte” la acuarela define algo parecido a un límite tierra-cielo, con un cielo escarlata que funciona como contorno de la diosa mayor. Aguzando la hermenéutica, caemos en la cuenta de que en la obra de Louÿs (1997), Afrodita, hay un pasaje que describe a la perfección a esta deidad femenina principal: Danza con gravedad, moviendo los hombros, la cabeza y sus hermosos brazos. Parece sufrir en su estrecho envoltorio y revelar aún más la blancura de su cuerpo a medias descubierto. Su respiración hincha su pecho, su boca no puede cerrarse ya, sus párpados ya no pueden abrirse. Un fuego creciente hace enrojecer sus mejillas. (p. 158) Figura 2: The Eternal Return Porque la gravedad y la incandescencia aparentan ser atributos cardinales de la mujer en The Eternal Return. O, transformado a nomenclatura nietzscheana, habría que reconocer que Apolo y Dioniso, cada uno a su manera, se han adueñado de una región particular y propiamente divina del ser de la obra. Sin embargo, no podemos antes sino constatar una de las nociones del encuadre teórico, lanzada por Nietzsche a propósito de la persistencia de la voluntad de poder. Se decía ahí que no se trataba de si había o no sujeto u objeto, sino que más bien de una especie animal (nosotros) que no prosperaba sino era bajo el imperio de una cierta regularidad de sus percepciones (ciencia, doctrina filosófica, medios de comunicación, crítica de arte). Pues bien, exactamente eso es lo que sucede con The Eternal Return. Tanto nosotros como el genio artístico de Ángel Hernández (incluida su obra) nos vemos forzosamente atenidos a determinadas regularidades (o leyes de nuestra razón) que ordenan o determinan o, incluso, distorsionan (en el dadaísmo, simbolismo o surrealismo, v.g.) nuestras percepciones, valga la redundancia, sobre el arte. Así, por ejemplo, el destello de la belleza de The Eternal Return parece estar ligado sobre todo al dominio del escarlata por sobre cualquier otra tonalidad. Y no sólo eso: las enormes dimensiones de la protagonista principal (que virtualmente puede engullir todo lo que está a su alrededor) dan cuenta de una especie de deformidad muy parecida a la que se presenta en lo sublime matemático de Kant (1992). Tal sería, pues, el arrebatamiento dionisiaco en la obra del venezolano. En la antítesis entre el escarlata y el blanco alabastro de la obra, Dioniso se comporta como el dios del ardor vital y de la disolución del ser (Tillería, 2019). Eso explicaría, en nuestra hermenéutica, la ausencia o la extinción del resto de las partes que idealmente debiera mostrar la figura humana. Pero como ha sentenciado el filósofo de Röcken, no se trata (al menos no en el círculo de la voluntad de poder) de humanos sino de animales. El reino de Apolo, a su vez, se revela en que, pese a esta suerte de disolución o desintegración de la imagen de las diosas de Hernández, sobrevive, justamente fruto de las técnicas utilizadas (acuarela y collage sobre papel), la unidad de la fisonomía no sólo de la pintura en general sino de sus protagonistas en particular. Escribe Nietzsche (2019): “Apolo está ante mí como el transfigurador genio del principium individuationis [principio de individuación], único mediante el cual puede alcanzarse de verdad la redención en la apariencia” (p. 49). Esta gran imagen femenina conteniendo otra imagen femenina y al conjunto de seres y objetos que se hallan en las inmediaciones del ombligo de este gran ícono, como si se tratara de un símil de la estatua del Gran Buda de Leshan, no despierta sino la sensación de que toda la obra es un perfecto simulacro de la jerarquía del mundo intuido por el genio del artista. Es decir, de la estratificación de magnitudes del ser, al menos del ser del arte. Tal como paradojalmente se ha dicho sobre la oscuridad de Apolo:
¿Hay diferencias en la manifestación de lo figurativo o de lo abstracto? En principio no. Haciendo un parangón con el análisis de Contreras (2023), vemos que mediante el ejercicio de penetrar sensiblemente en toda la superficie de The Eternal Return, encontramos un espacio de poder sobre la Naturaleza que nos permite desdibujar las líneas que separan la figuración de la abstracción. Titánide La efigie ocupa más de los dos tercios del espacio del papel, dejando en la parte inferior una franja color tierra donde se divisan tres pequeñas estructuras mitad bote, mitad casa. Sobre este mar que no da visos de ser mar, se ve apenas bosquejado un remedo de muelle, por donde una persona camina hacia el comienzo del puente (además de otras doce que están pintadas como manchas oscuras sobre algún punto aleatorio de estas aguas estancadas y terrosas). Como en una serie japonesa de gigantes de los sesenta, desde la línea del horizonte se levanta el rostro colosal de la mujer en amarillo Narciso. Frente a ella, casi reemplazando su ojo derecho, Hernández ha pintado de espaldas a nosotros y con una débil línea a carboncillo la silueta de una segunda mujer, cuyas líneas inferiores van a dar al medio de estas aguas descoloridas. Su tamaño es tan pequeño que da la impresión de ser, por así decir, su propia hada madrina. De modo que aquí observamos, de nuevo, un híbrido figurativo-abstracto donde las figuras encontradas de ambas mujeres, aunque con tamaños y colores diferentes, sumadas a esos personajillos que apenas vemos en el tercio inferior de la superficie, tornan la obra en una expresión eminentemente figurativa. Ahora bien, hay ciertos rasgos de abstracción que, si bien nos cuesta identificar, están ahí como confabulando contra el Figuracionismo del artista: varias formas geométricas en rojo y negro, algunas líneas que casi desaparecen del cuadro y que cuelgan de la silueta del hada madrina, en fin, las propias manchas amarillo Narciso que representan la sombra de la Titánide. Cotejando nuestra hipótesis de trabajo, digamos que la penetración dionisiaca se aprecia por el lado de una contradicción vital que sortea el mismo dionisismo. En efecto, si vemos en la obra aquellos elementos “frágiles” desde el punto de vista de la existencia, como los individuos diminutos, o las embarcaciones inverosímiles, o ese muelle casi inexistente o, inclusive, aquella estela oscura que parece reflejar a una segunda mujer de cara a la primera y cuyas líneas finales se hunden en una especie de polvo disecado, notamos que hemos enfrentado, como dice Nietzsche (2019), tanto el terrible proceso de destrucción propio como la primitiva crueldad de la naturaleza. Sin embargo, agrega el filósofo germano, a ese heleno lo salva el arte, y mediante el arte lo salva para sí, la vida. Precisamente, esa acción de rescate vital viene dada por el resto de los elementos “pesados” de la obra, por su densidad dionisiaca: el juego de colores, la proporción de los objetos y la existencia de esa enormidad de rostro que prefigura la presencia de una Titánide color fuego. Acerca del papel de Apolo en esta obra, tomemos la primera idea seleccionada en el encuadre teórico. Ahí se apunta que las apariencias apolíneas no serían ya aquellas fuerzas sólo sentidas, pero condensadas en imagen que evocan al dios de la lira; serían, ahora, la claridad y la solidez de la forma épica las que hablan desde el escenario (de la tragedia ática, se entiende). Figura 3: You Took my Love Away ¿No es esto acaso lo que apreciamos en You Took my Love Away, en términos de que la presunta condensación de las fuerzas apolíneas (expresadas en una línea por aquí y otra por allá o en la misma pasividad de ese mar amarronado) son transformadas por Hernández, mediante la irrupción de la Titánide color fuego, en una perfecta forma épico-femenina, tanto así que parece recordarnos algún episodio perdido de la Titanomaquia? ¿La imagen de Rea, tal vez, o la de Tetis o la de Febe o la de alguna otra de las hijas de Gea? Conclusiones.
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[1] Ángel Hernández (1994) tomó conciencia del arte como disciplina a los 15 años, cuando empezó a hacer algunos trabajos sobre lienzo y a organizar mejor sus ideas. Durante su adolescencia se dedicó a comprender los principios básicos del Arte Académico y Clásico. Su formación universitaria en Arquitectura le permitió durante varios años reflexionar sobre el arte con una visión más amplia y crítica. Como arquitecto aprendió una mejor manera de producir ideas, analizarlas y desarrollarlas, y es gracias a esta disciplina que su arte visual es actualmente un resultado interdisciplinario, en el que reinterpreta los valores del arte con un enfoque contemporáneo, abordando temas en torno al espacio y la figura humana, especialmente la femenina. Define su metodología de trabajo como una serie de procesos creativos que no están limitados ni distanciados y que dependen de relaciones interdisciplinares conectadas con su aprendizaje y experiencias. Se define como un creador de Arte Contemporáneo. Sus mayores inspiraciones son la Figura femenina, la Moda, el Retrato clásico y la Poesía. Sus temas esenciales son el Retrato, la Ilustración de moda, la Abstracción, la Deconstrucción y la Composición. En cuanto a las técnicas que utiliza, las principales son el Dibujo (Lápiz de grafito, Lápiz de color, Carboncillo), la Pintura (Acuarela, Tinta, Acrílico) y el Collage (Collage analógico, Collage digital y Técnica mixta). Su enfoque o estilo lo define como Arte figurativo, Arte abstracto y Arte contemporáneo (Hernández, 2025) [2] Ángel Hernández ha autorizado por escrito, vía Instagram y correo electrónico, la inclusión de las imágenes de sus obras en este artículo de investigación. [3] Nota bene: como se entiende, pese a que la inercia nos lleva a querer generalizar nuestros hallazgos a la totalidad o gran parte de la obra de Hernández, es condición del método usado, más allá del enfoque hermenéutico aplicado, restringir esta percepción de resultados únicamente a las obras que forman la muestra. De ahí que cuando se hable de la obra del autor, nos estemos refiriendo siempre sólo a lo hallado en las tres obras ya indicadas. [4] Las cursivas son nuestras.
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Universidad de Guadalajara Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades División de Estudios Históricos y Humanos Departamento de Filosofía |
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